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Proximo Septiembre
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martes, 26 de julio de 2011
Literatura
Andy 1:
Cuando salgo de la escuela, donde trabajo, ya casi llegando a la Avenida Corrientes, me asiste un agradable sopor que acompaña en su pereza el atardecer de Buenos Aires a las siete de la tarde. Las baldosas de las veredas adquieren dimensiones kilométricas, los rostros de las personas que deambulan parecen caprichos de mi imaginación circense; y los tiempos y los semáforos, Marcelo y unas monedas y miguitas de pan que tengo en el bolsillo se entremezclan sacudidos por mis dedos lentos.
Entonces presiento que no estoy ya en el universo, que no formo parte de él, o que estoy en todos los sitios, que es como no estar. Y mis posesiones, mis afectos, unos cuantos valores de retaguardia y algunos compromisos cobran un peso absurdo. Ya casi cerca de las ocho, cuando apenas he andado unas cuadras, estoy a un paso de arrojarlos todos al vacío y huir.
Pero nace desde algún albergue infinitamente oscuro y oculto, veloz como una ardilla espantada, el temor a la soledad; con violencia se abre paso por entre las tripas y los poros, me cachetea con su aliento agitado y autoritario, me arranca algunas lágrimas de angustia, y me acelera el paso; alcanzo sumisa Juan B. Justo y la parada del 166.
Ya en viaje, imagino los brazos flacos y viriles de Marcelo y nuestra casa. Y me sereno.
Después simplemente lo olvido.
Andy 2:
Opera sobre Marcelo- que sé no exclusivo de él -, una fuerza que me lo presenta como la más fuerte reproducción que haya conocido de un hombre luchando por no dejar de jugar como un niño, de la manera y con la seriedad que se lo toman los chicos.
Es asombroso sentirse tan amada. A veces pienso que está por explotar de no saber cómo decírmelo. Me gusta cuando le pasa.
Las mujeres observamos eso con una ternura más vecina a la que tenemos frente a un mono en el zoológico. También tendemos hacia la niñez, pero no son los deseos de jugar que persisten en el varón, sino más bien los deseos de siempre reinar sobre las personas y que el universo obedezca a nuestros antojos. Eso era ser niña para mi; enternecedoramente hablando, dominar. Ser complacida.
Lo quiero; mucho. Coexisten en mi alma dos impulsos contradictorios; la de saber que está absolutamente a mi merced, y la de admitir que su ausencia me arrebataría casi todo lo que fui siendo.
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